La gota de leche y la escuela de enfermeras
Quizá uno de los aspectos menos estudiados por los historiadores de la enfermería se refiere a las instituciones de corte salubrista que desde mediados del siglo XIX fueron el soporte de la creación del título de enfermera en nuestro país. Una de ellas fue la Escuela Provincial de Puericultura de Gijón, posiblemente la primera en su género de las fundadas en España, que llegó a alcanzar reconocimiento nacional e internacional por sus enseñanzas y por sus recursos. Siguiendo el modelo de enfermería naturalista de Nightingale, en sus enseñanzas se manejan conceptos como la ventilación, el calor, la dieta, la higiene y las condiciones medioambientales, haciendo gran hincapié en la educación sanitaria, la epidemiología y la psicología infantil.
La obra no sólo realiza un relato pormenorizado del devenir histórico de la institución, sino que aporta datos de gran interés sobre el desarrollo de la Enfermería materno-infantil en Asturias y la labor desempeñada en la disminución de la mortalidad infantil y concienciación del cuidado materno-infantil en esta provincia. Y es que la Escuela de Puericultura de Gijón marcó un hito importante en la enseñanza y concepto de la Enfermería materno-infantil asturiana debido al cambio tan significativo en la orientación de los cuidados enfermeros, haciéndolos pasar de un carácter eminentemente técnico a otro reparador y de mantenimiento de la vida.
De especial interés resultan los anexos, que ocupan una buena parte del libro, y que recogen una riquísima aportación gráfica y documental de instituciones y de acciones: el Instituto de Puericultura, la Rifa de la Pro-Infancia, inventarios, reglamentos, materiales educativos, relaciones de alumnos y celebraciones. En suma, la de Carmen Chamizo, resulta una obra modélica, tanto por su forma de acercamiento histórico a la institución, como por la manera de tratar las fuentes documentales, que lejos de agotar el tema, facilita los abordajes posteriores desde diversas perspectivas.
Autor del Comentario: Manuel Amezcua
Al hojear el libro de Carmen Chamizo he experimentado la misma sensación que cuando he penetrado en algún centro sanitario abandonado por la desidia de la administración, un choque de sentimientos: la luminosidad de los objetos frente a la decadencia del entorno, el descubrimiento de las cosas cotidianas que fueron suplantadas sin miramientos por el plástico y la electricidad, el encuentro con rasgos de una identidad perdida frente a la pérdida real de los utensilios y de las ideas. La propia autora se ha dejado seducir por el interés de los objetos y dedica una buena parte de la obra a reproducidos (carteles de educación sanitaria, fotografías de época, cartas y otros documentos) con lo cual consigue transmitir al lector, no sólo unos datos esenciales para comprender la historia, sino toda la estética de una época.